Aquí se fraguó la leyenda…

Es el Team-Room, un espacioso ambiente, alojado en la planta baja del hotel WestinLombard cercano a Chicago. Allí se fraguó la leyenda de uno de los mejores equipos que ha presentado Europa en la historia de la Ryder Cup. Allí, el capitán español, José María Olazábal habló a sus muchachos, les habló de lo que la Ryder significaba para él, de la lucha y el sacrificio diario, de que todos y cada uno de ellos son importantes en el equipo. Vivencias que quedarán entre Olazábal y sus doce hombres que sin piedad machacaron al equipo estadounidense en una victoria histórica del deporte mundial.
Mesa de ping-pong, futbolín, televisiones, peceras con todo tipo de chuches y chocolatinas, zona de charlas de cara a un gran pantalla (¿sería ahí donde Olazábal emitió su famoso video?), fotos alegóricas a grandes momentos de la Ryder y a los jugadores, recordándoles que no tenían nada que envidiar a los americanos. Y lo más importantes, una pizarra en la que se lee la palabra ¡Ganadores! (¡Winners!).
Lo que pasó en el Team-Room se quedó en el Team-Room. “Eran conversaciones entre los jugadores y yo, si ellos lo quieren contar, es su privilegio. Yo me quedó para mí con todas esas experiencias y las vivencias inolvidables”, comentaba Olazábal.
Nadie sabe lo que le dijo a Martin Kaymer, que la noche del sábado había tenido una larga charla con BernhardLanger, pero lo cierto es que el alemán, lloró sobre su hombro como un niño durante la fiesta del domingo. Justin Rose, Luke Donald y RoryMcIlroy danzaban como malditos, disfrazados con las más extravagantes pelucas, alguna de ellas, parodias de sí mismos. Miguel Ángel Jiménez reía y bailaba como un niño. En la habitación contigua, Sergio García chateaba, ajeno a la locura que poseía a sus compañeros.
Cuando miramos a José Mari a los ojos y le preguntamos si creía en los milagros y dijo seriamente. “No, ¿por qué? Yo sabía que podíamos ganar. Cuando vi los emparejamientos del domingo, entré con ellos en el Team-Room y le dije que podíamos ganar. Que los partidos estaban equilibrados entre jugadores pegadores y consistentes, entre luchadores y grandes pateadores”. Y cuando le preguntamos, si al final la Ryder se hubiera tenido que decidir en el partido entre Tiger Woods y Francesco Molinari, contestó con contundencia. “Si alguien puede ganar a Tiger, ese es Francesco. No te quepa duda”.
Y nosotros también nos lo creímos, como se lo creyeron los jugadores. Porque en el Team-Room no se oyeron gritos como los que lanzaba Colin Montgomerie en Gales en 2010, más bien arengas al estilo Seve Ballesteros y diálogo, mucho diálogo como hacía Bernard Gallacher.

Pero sin duda, junto a Olazábal hubo una estrella indiscutible en el equipo europeo. Una de las dos elecciones de Olazábal (criticadas sus decisiones por algunos sectores de la prensa por dejar fuera a Padraig Harrington), y ese fue Ian Poulter: un golfista que ha nacido para este torneo. Su trabajado triunfo frente a Web Simpson (hasta el hoyo 11 iba perdiendo) supuso el cuarto punto que caía para Europa (Justin Rose sumaba el quinto consecutivo con dos putts de infarto en el 17 y 18), el cuarto mazazo consecutivo para los Continentales y la igualdad en el marcador. La Ryder comenzó de nuevo.

Los americanos tardaron casi cuatro horas en sumar el primer punto y sus primeros espadas había caído: Bubba, Mickelson, Bradley, Snedeker..Y la Ryder Cup se centró en los cinco partidos finales, donde sobre el papel se concentraban las mejores figuras americanas (Furyk, Kuchar, Stricker y, sobre todo, Tiger Woods) mientras que por parte europea estaban los jugadores que más dudas crearon durante el torneo: García, Westwood, Hanson y sobre todo Martin Kaymer.
Pero entonces surgió ese García que tantas veces nos ha enamorado. Ese luchador nato, ese espíritu latino, el indomable castellonense, que llegaba al hoyo 16 perdiendo por un hoyo. Su punto era psicológicamente clave, para que toda la presión no recayera toda sobre Kaymer, que empataba su partido, y sobre Molinari, que mantenía un duro mano a mano contra Woods. Y llegó la reacción. “El Niño” sacó el puño y a Furyk le temblaron las piernas; y mientras Sergio se aliaba con el putt al americano le pudo la presión y por una vez el factor campo jugó en su contra y los dos últimos hoyos fueron para Sergio.

“Martin, necesitamos tu punto. No sé como lo vas a hacer, pero lo necesitamos”
Fue ese el momento en el que Olazábal intervino. Se acercó al 16 a ver a Martin Kaymer, que en ese momento había perdido la ventaja de un hoyo sobre Steve Stricker y le dijo brevemente: “Martin, necesitamos tu punto. No sé como lo vas a hacer, pero lo necesitamos”. Y fue como un aguijón, porque la respuesta del alemán fue un tirazo en el par 3 del 17 con dos putts de infarto para ganarle el hoyo a Stricker que se pasó de green y el putt rozó el hoyo para empatar. Y otro putt en el 18 que durante unos instantes nos dejó sin aliento, mientras las televisiones americanas mostraban las imágenes de Bernhard Langer fallando un putt igual y perdiendo la Ryder Cup de 1991. “Claro que se me pasó por la cabeza, y también había una marca de zapato en mi línea de putt, pero pensé: ‘Por favor, otra vez no, otra vez no’. Contuve la respiración y el putt entró”.
Y se desató la locura.
El público gritó, los periodistas gritaron, la madre de Olazábal gritaba y lloraba. El milagro se había consumado y muchos ya creen firmemente en los Reyes Magos y en San Nicolás, si hace falta. Y hasta que Seve hizo un guiño allí donde estuviera.
En la otra cara, no hubo consuelo para los americanos. Tan en shock estaban que Tiger no valoró que regalándole el putt a Molinari en el último hoyo ‘perdían’ la Ryder Cup (muy criticado por ello por la prensa americana que hubiera preferido un empate). “La Ryder había acabado”, dijo escuetamente Woods, que quizá pensó que daba igual un empate que una derrota cuando la Copa ya había volado hacia el Viejo Continente.

Y… Érase una vez, doce hombres de ley y un gallardo capitán, que fraguaron su leyenda en la planta 0 de un hotel, a 15 leguas de Medinah y 30 de Chicago. Y colorín, colorado…

Texto: Isabel Trillo

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